Desde un primer momento supimos que nos esperaba un largo
camino de desestructuración, investigación y descubrimientos.
Teníamos una clara percepción de la clase de educación
que no queríamos pero era aún difícil establecer
qué habría de reemplazarla. Nos resistíamos a pensar
en el fin de toda clase de escuela. Pensábamos que era necesario
encontrar la orientación hacia una nueva educación, una
nueva escuela. Eso requeriría una mirada prístina, libre
de toda comparación y de condicionamiento. Lo decíamos
así, en el primer boletín (Nº 0) editado en Noviembre
de 1990:
Porque vemos que es posible,
ya mismo,
dejar de andar con el pasado a cuestas
y continuo temor al futuro.
Que el amor y la paz
pueden estar en nosotros
sin esperar nada.
Por eso fundamos esta escuela:
para redescubrir la vida
a cada instante
y vivir
como las aves del cielo.
Y si tuviésemos que indicar un rasgo característico
de nuestra escuela, sería ese modo de ver todo como si nunca
hubiese existido antes, con el asombro de un niño. Con el derecho
de un niño, que - como recién llegado al mundo - no tiene
porqué dar por sentado nada y puede permitirse observar, reflexionar,
sentir y optar.
Nuestras líneas de trabajo tienen siempre un momento
de nacimiento, un período de esclarecimiento, un tiempo de desarrollo
y compenetración en la comunidad educativa, y un abandono organizado
de los logros, que no se pierden sino que son depositados en formas
estructurales de la organización escolar para, así, quedar
nuevamente con las manos libres para abordar instancias superadoras
que ya están presentes como transmutación misma de las
experiencias anteriores.
Por eso, nuestra escuela se encuentra en transformación
permanente.
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