La nueva revolución
En mayo de 1810 había descontento.
Lo que hasta entonces había funcionado en la vida diaria y colmado
las expectativas de las personas, ya no servía o no satisfacía
a las mayorías.
Los hombres y mujeres sentían que sus necesidades no estaban
satisfechas y que el futuro sería igual o peor.
Eran habitantes nativos o extranjeros, viviendo en una
colonia ligada a los intereses y a la protección de España,
una nación lejana cuyo derecho casi nadie había cuestionado
anteriormente. Hasta entonces ello no había significado un problema,
para la mayoría; sólo unos pocos habían sido, hasta
ese momento, los desconformes con esa relación de dependencia.
Aún en ese mayo de 1810 muchos reclamaban de la
nación colonialista que cumpliera con sus obligaciones
para con su colonia del Río de la Plata. Otros, en cambio, querían
terminar con esa relación de dependencia y comenzar a transitar
un proyecto de vida y desarrollo propio. Si quitamos las fechas
y las circunstancias menores, podríamos suponer que estamos hablando
del presente.
Pero ¿Dónde están, hoy, los patriotas revolucionarios;
dónde está aquél Mariano Moreno y tantos otros
que traían los vientos de la última Gran Revolución,
la francesa, que había sepultado el régimen feudal y abierto
el horizonte para otro modo de relación social y organización
económica que más tarde llamaríamos capitalismo?
¿Cuál es hoy el viento nuevo que nos llevará a
una nueva esperanza de realización personal y social? ¿Cuál
será la Nueva Revolución que nos inspire?
¿Quiénes serán los héroes
de esa gesta? Tal vez ya haya miles de nombres grabados en el bronce
de la historia, que una mirada más apartada de este tiempo habrá
de poder observar. ¿Aún habremos de agregar otros miles?
Es posible que los paraguas de aquella plaza colonial
hoy se hayan convertido en cacerolas mientras las dirigencias se niegan
a abrir las puertas a un pueblo que quiere saber de qué
se trata. Hoy, en general, ya sabemos de qué se trata:
continúa el poder en manos de los virreyes que esperan
que la corona se vuelva a acordar de ellos y devuelva la prosperidad
a la colonia, y a sus bolsillos. Pero el poder imperial ya no está
afuera, solamente, sino que se ha instalado en el propio territorio
nacional de la mano de la misma revolución gestada desde aquel
mayo de 1810 en adelante.
La Gran Revolución que desterró el feudalismo,
triunfó en nuestro país; hoy somos un país basado
en una economía regida por los mercaderes y capitalistas que
se desarrollaron hace poco más de 300 años, fuera de los
muros de los castillos medievales.
La Gran Revolución trajo derechos a los relegados
de la sociedad y trajo progreso económico y tecnológico
junto con las ansias de ganar cada día un poco más. Y
eso fue bueno y apreciado por las enormes masas de trabajadores y campesinos
que pudieron mejorar su calidad de vida, aunque a un precio muchas veces
muy alto.
Pero, como todo, el Sistema triunfante de la Gran Revolución
parece haber llegado a un punto de agotamiento.
Hoy la gente vuelve a estar descontenta; siente
que lo que hasta ayer le servía, ya no le sirve más y
que su futuro será igual o peor.
Algunos quieren remendar el barco pero, tal vez, ya no
sea posible mantenerlo a flote, ni sea en barco el viaje que resta.
Tal vez haya que desembarcar y encontrar otros caminos.
Hace años que estamos tratando de construir una
Nueva Cultura para la transformación personal y social, que devuelva
la alegría y el sentido a la vida. Lo hemos hecho casi a extramuros
del poder reinante. ¡Vamos ahora! Todos juntos podemos más.
Ginés del Castillo -25 de mayo de dos-mil-dos
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